Caminos de Paz

Ago 22, 2025 | Noticias

En medio de un mundo convulsionado por guerras, divisiones y heridas que parecen no cerrar, la humanidad sigue buscando un refugio: la paz. No se trata de un simple silencio después de la tormenta, sino de algo más profundo, más duradero, más verdadero.

Jesús, en una tarde solemne con sus discípulos, pronunció unas palabras que atraviesan los siglos como un susurro lleno de esperanza:

“La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da…” (Juan 14:27).

Esa promesa no era un ideal lejano, sino un don que debía habitar en el corazón de quienes confiaban en Él. Y así lo entendió el profeta Isaías cuando escribió:

“Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado” (Isaías 26:3).

La paz, entonces, no empieza afuera, en los acuerdos o tratados, sino dentro de cada alma que se abandona en las manos de Dios. Pablo lo sabía bien y lo resumió en una exhortación sencilla, pero desafiante:

“Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres” (Romanos 12:18).

Hoy, esa misma llamada resuena con fuerza a través de la voz del Papa León XIV. En una mañana de agosto, ante miles de peregrinos reunidos, pidió a la Iglesia entera que se uniera en ayuno y oración por la paz. No lo hizo con frialdad diplomática, sino con la urgencia de un pastor que siente el dolor de su pueblo. Señaló el 22 de agosto, fiesta de la Reina de la Paz, como un día para levantar juntos el clamor de la humanidad. Y confió ese grito a María, la Madre que nunca abandona a sus hijos.

El Papa recordaba así que la paz no se conquista con armas, sino con gestos de fraternidad, con corazones abiertos y manos tendidas. En sus palabras había un eco del Evangelio, aquel que llama “hijos de Dios” a los que trabajan por la paz (Mateo 5:9).

La escena queda grabada en la memoria: un mundo herido, un Papa que invita a rezar, y una comunidad de creyentes que, al cerrar los ojos en oración, se une más allá de fronteras y diferencias. Allí, en ese silencio compartido, la paz empieza a tomar forma.

Señor de misericordia,

haz de nosotros constructores de paz.

Que nuestras palabras sanen,

que nuestros gestos unan,

y que nuestras oraciones, elevadas con María, Reina de la Paz,

sostengan a quienes hoy sufren la guerra y la violencia.

Amén.