“Transformadas por la Esperanza” se propone como un espacio de escucha y discernimiento sobre los Evangelios dominicales que acompañarán nuestro camino cuaresmal.
La iniciativa, promovida por las Teólogas de la UISG, se sitúa en el horizonte abierto por el Jubileo y desea prolongar su gracia, continuando a vivir nuestra vocación como peregrinas de esperanza en medio de los desafíos del tiempo presente.
Cada semana, a la luz de la Palabra de Dios, contemplaremos un aspecto de la conversión a la que somos llamadas, dejándonos conducir por el Espíritu en el camino hacia la Pascua. Es una invitación a permitir que la esperanza evangélica plasme nuestro modo de creer, de habitar la comunión y de participar en la misión de la Iglesia.
Durante el cuarto domingo de Cuaresma, llamado “Laetare”, el comentario al Evangelio de Juan (9,1–41) está a cargo de Hna. Mariel de Villa, OP.
De la ceguera a la vista, de la oscuridad a la luz
«Y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.» Romanos 5,5
Ser ciego debe de ser una discapacidad debilitante que priva de muchas posibilidades de vida. Así debió de ser también en tiempos de Jesús, cuando las personas ciegas, los discapacitados físicos, quienes padecían enfermedades mentales, los poseídos por espíritus malignos y las mujeres discriminadas estaban entre aquellos a quienes Él favorecía especialmente en su misión de sanar y redimir. Los ciegos quizá no podían ver a Jesús, pero lo más importante es que Cristo veía su ceguera no como un pecado, sino como una ocasión «para que se manifiesten en él las obras de Dios» (Jn 9,3). Es esta alegría interior de experimentar a Cristo la que provoca no solo la restauración de la vista, sino también la renovación del corazón: «caminamos por la fe y no por la vista» (2 Cor 5,7). La alegría no consiste solo en ver a Jesús, sino en vivir y estar con Él: esto es lo que significa la vida consagrada.
En este cuarto domingo de Cuaresma, domingo Laetare, cuando Jesús se encuentra con el hombre ciego de nacimiento (Jn 9,1-41), la vista que le devuelve no solo le permite ver el mundo, sino, sobre todo, acoger con fe a Aquel que lo ha sanado. Laetare resuena como la plenitud de la alegría, no solo por lo que uno ve, sino por acoger a Jesús mismo, la Luz del mundo (Jn 9,5). A diferencia de los vecinos del ciego (Jn 9,8-12), cuya curiosidad y desconocimiento les impedían reconocer a Jesús. La inquisición, la sordera y las dudas de los fariseos también los cegaban ante la luz que Jesús mismo ofrecía (Jn 9,13-34). Así, Jesús se dirige a otro tipo de ceguera: no física, sino espiritual (Jn 9,35-41).
La ceguera espiritual en la vida consagrada, como la de los fariseos en Juan 9, se refiere al riesgo de centrarse únicamente en lo externo (normas, apariencias) en lugar de poseer una verdadera visión espiritual (amor, misericordia, la luz de Jesús). Significa priorizar las estructuras sobre las personas o sobre la misión, no reconocer la presencia de Dios en la vida cotidiana, ignorar las inspiraciones interiores o las áreas de crecimiento, y “ver” solo desde la propia perspectiva personal y no desde la de Dios. Este domingo Laetare llama con urgencia a las mujeres consagradas a responder a esta ceguera espiritual mediante un corazón renovado y una mente transformada:
- Abrazar y practicar la escucha profética: atender al clamor de los pobres.
- Servir con humildad: ser sensibles a las necesidades de los enfermos en nuestras comunidades.
- Acompañar, orientar y comprometerse en el ministerio de la presencia.
- Guiar, como la mujer samaritana (Jn 4), que al ver a Jesús conduce a otros hacia Él.
- Compartir historias de la misericordia de Dios, revelando su luz en medio de la oscuridad.
El Papa Fracisco ha exhortado a las mujeres consagradas a convertirse en «portadoras de luz en el mundo de hoy mediante su testimonio fiel de los consejos evangélicos». En este camino cuaresmal, sigamos buscando no solo la luz de Cristo, sino a la persona misma de Jesús, que es el Camino, la Verdad y la Vida. Que nosotras, como mujeres consagradas, no solo anhelemos el amor de Dios, sino también al Dios del amor. Como María en este domingo Laetare, que nuestra esperanza gozosa esté firmemente anclada en Cristo.









