Domingo de la Santísima Trinidad. Día en que la Iglesia nos invita a contemplar el misterio de Dios. Misterio de amor.
Quienes ya hace tiempo que peinamos canas, el nombre de la Trinidad, nos evoca las clases de catecismo de cuando éramos pequeñas, y la leyenda, apócrifa naturalmente, de San Agustín y el niño. Según esta leyenda piadosa, el santo Obispo paseaba por la playa, mientras trataba de entender la Trinidad, y se dio cuenta de un niño que con un cubo sacaba agua del mar. Cuando Agustín le preguntó qué hacía, el niño le dijo que quería vaciar el mar, y el obispo le respondió: esto no es posible. Y la respuesta del niño fue: “tampoco es posible entender el misterio de la Trinidad”.
Junto a esta conocida leyenda, estaba la representación gráfica. Recuerdo que en el aula había un póster, yo ahora lo recuerdo muy grande, quizás no lo era tanto, donde había representado un gran triángulo con un ojo en su interior. Según nos decían las hermanas, representaba al Dios trinitario que nos veía (o mejor dicho, nos controlaba) siempre. Y también cuando se nos explicaba que era del todo imposible entender el Misterio de la Trinidad, ya que no se puede explicar cómo tres es igual a uno.
Bien, damos gracias a Dios porque ya hemos desterrado todas estas explicaciones. Pero lo que debemos agradecer y mucho, a nuestros padres, maestras y catequistas, es que nos enseñaron a santiguarnos, a hacer “la señal de la Cruz”. Éste es un gesto que lo aprendimos de pequeñas y lo hemos hecho y lo hacemos multitud de veces, A veces, maquinalmente, sin apenas darnos cuenta, otras lo hacemos muy conscientes, pero siempre en un mismo sentido, expresamos que el Dios Trinitario nos abraza plenamente a todos.
El Papa Francisco ha manifestado muchísimas veces su disgusto porque a los niños no se les enseña a hacer bien la “señal de la Cruz”, e incluso alguna vez lo ha dicho, haciendo un gesto, donde quería representar cómo muchos niños se santiguan deprisa, sin saber bien a qué parte del cuerpo debían llevar la mano.
Para hablar de la Trinidad, es necesario distinguir muy bien lo que es un problema y lo que es un misterio.
El filósofo Gabriel Marcel ahonda y reflexiona sobre las explicaciones y distinciones de la diferencia entre problema y misterio.
Problema sería el enigma que se nos presenta y que debemos resolver, y una vez resuelto, podemos olvidarnos. Por poner un ejemplo muy sencillo, problema es cuando debemos resolver una ecuación matemática, o también ese obstáculo que ha salido en el trabajo y exige poner nuestro ingenio para resolverlo, y una vez resuelto podemos olvidarnos.
Misterio, es todo lo que se nos presenta en la vida, que sólo con la razón no encontramos explicación, pero que de ninguna manera podemos desentendernos, ya que nos atrapa vitalmente. Por poner un ejemplo, misterio es el amor que tenemos hacia personas determinadas, por el esposo/a, por los hijos/as, por los padres, por los amigos/as etc. Nos damos cuenta de que no encontramos argumentos razonables que expliquen el amor que sentimos hacia estas personas, pero ese amor nos afecta vitalmente. Dicho con palabras de Pascal, “misterio es cuando el corazón tiene razones que no entiende la cabeza”.
Decir que la Santísima Trinidad es un Misterio, equivale a decir que Dios, en sí mismo, es Amor. San Juan en el evangelio y en sus cartas nos lo repite a menudo: Dios es Amor. Pues… hoy, contemplamos a este Dios que en su esencia es bueno, y su misión es amar
A veces puede parecer la teología sobre la Trinidad muy complicada, y parece ser una serie de disquisiciones filosóficas sobre Dios, que sólo entienden los profesionales de la teología. Pero lo que quieren expresar todas estas explicaciones, es que La Trinidad, tiene un fundamento profundo.
El Dios en que creemos es el Padre que por amor nos ha creado, es el Hijo quien ha compartido con nosotros esperanzas y angustias, y lo ha hecho encarnándose, haciéndose hombre como todos nosotros, salvándonos, dándose por amor hasta la cruz, y en su Resurrección ha hecho posible la esperanza. Y que no nos quiere dejar huérfanos, sino que ha enviado su Espíritu, el Espíritu que nos inspira, que es nuestro defensor. Es el que habita en nosotros haciéndonos templos suyos. Un Dios creador (Padre), un Dios que salva (Hijo), un Dios que nos vivifica y nos ayuda, nos ilumina (Espíritu). Un Dios que no sólo crea, sino que por encima de todo ama y por eso se implica en nuestra historia.
El Dios Trinitario, es el Dios del Amor. Su amor genera vida, nuestra vida.
Dios nos ha amado antes de nacer, ya que nos ha creado para poder derramar sobre nosotros su amor desbordante. Dios nos ama gratuitamente.
Si bien, el amor que Dios tiene para nosotros es un misterio, lo que sí que sabemos es cómo su amor se ha manifestado en la humanidad, con palabras de María, hemos visto en la historia de la humanidad y en la nuestra propia como su amor se extiende de generación en generación.
Dios es compasivo, Dios es benigno, Dios prefiere ser fiel. Dios es amor, Dios es paz, Dios salva y no condena.
Este domingo contemplando el Misterio de la Santísima Trinidad, no cabe otra actitud que adorarlo, y agradecerle su inmenso amor. También… hay que recordar que nosotras hemos sido creadas a imagen y semejanza suya. Pedimos ser fieles a esta imagen y semejanza amando sin límites a los demás.
Propongo esta oración
Ruego a ti, oh Dios bueno, por mi vida.
Porque me hiciste con tu amor y tu ternura
y me mantienes con tu cariño y tu calor.
Gracias por tu bondad, Dios mío.
Ruego a ti, oh Dios bueno, por mi tristeza.
Porque me invita a mirarte a los ojos como no había hecho antes,
y cruzarme tu mirada que me consuela y me levanta al instante.
Gracias por tu bondad, Dios mío.
Ruego a ti, oh Dios bueno, por los talentos que me has concedido.
Porque son la invitación a ponerlos constantemente al servicio de otros,
y no quedármelos nunca para mí pues no son mérito mío.
Gracias por tu bondad, Dios mío.
Ruego a ti, oh, Dios bueno, por mi fe y la de tu pueblo.
Porque es el regalo más grande que se ha podido recibir nunca,
y el único que dota a mi pequeña, pobre y sencilla existencia de Tu sentido.
Gracias por tu bondad, Dios mío.
Y ahora, que es de noche, busco tu presencia y tu amor.
Tu perdón y tu coraje.
Te espero, te espero en la paz y el silencio de tu bondad,
y sé que miras al mundo, y en él… miras primero a los que sufren,
después a los que luchan, seguidamente a los que piden
y finalmente a quienes esperan.
Y yo te espero, te espero en la paz y en el silencio de tu bondad.
Orando a ti, oh Dios, por todo el día y toda la vida de los que viven conmigo.
Amén.
Hna. Elena González Álvarez









