Esta mañana, a las 11.00 horas, en el marco solemne de la Capilla Sixtina, Su Santidad León XIV ha presidido la Santa Misa con el Colegio Cardenalicio, en la que ha sido su primera Celebración Eucarística como Pontífice junto a los purpurados de la Iglesia universal.

Durante la celebración, tras la proclamación del Evangelio, el Santo Padre dirigió una emotiva homilía centrada en el papel del sucesor de Pedro, el compromiso con el anuncio del Evangelio y los retos contemporáneos de la fe cristiana.
León XIV comenzó su predicación con una referencia al Salmo 98: «Canten al Señor un canto nuevo, porque Él hizo maravillas», destacando las obras del Señor no solo en su vida personal, sino en la de toda la Iglesia. “Ustedes me han llamado a cargar esa cruz y a ser bendecido con esa misión”, expresó el Papa, subrayando su confianza en el apoyo del Colegio Cardenalicio para llevar adelante la misión de la Iglesia en el mundo actual.
En su meditación, el Santo Padre recordó la profesión de fe de Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16), como centro del anuncio cristiano. A partir de esta afirmación, instó a los presentes a contemplar a Jesús como el rostro visible del Padre y modelo de una humanidad santa. A la vez, advirtió sobre las respuestas superficiales o erróneas que el mundo da sobre Cristo, advirtiendo del riesgo de reducirlo a una figura meramente carismática o moral.
El Papa fue claro al denunciar los contextos en los que la fe cristiana es percibida como irracional o débil, y subrayó la necesidad de un testimonio valiente y gozoso por parte de los creyentes. También alertó sobre la creciente indiferencia espiritual incluso entre los bautizados, llamando a una conversión continua y a una vivencia comunitaria más auténtica de la fe.
Finalizó su homilía con una referencia personal a su nuevo ministerio petrino, evocando la figura de san Ignacio de Antioquía y su llamado a desaparecer para que permanezca Cristo: «Hacerse pequeño para que Él sea conocido y glorificado». Con humildad, pidió la gracia de cumplir su misión confiado en la intercesión de la Virgen María, Madre de la Iglesia.
La misa concluyó con una sentida plegaria y el canto del Regina Coeli, mientras cardenales y fieles presentes ofrecían su oración por el nuevo Sucesor de Pedro.









