En el siglo XIX, en una Cataluña marcada por cambios sociales y tensiones religiosas, nació un hombre que dejaría una huella profunda en la vida de la Iglesia. San Francisco Coll y Guitart vino al mundo en 1812, en Gombrèn, y desde joven sintió una llamada clara a dedicar su vida a Dios. Esa inquietud lo llevó a ingresar en la Orden de Predicadores, los dominicos, donde encontró su camino como misionero y predicador incansable.
Su vida se convirtió en un constante ir y venir por pueblos y ciudades, anunciando el Evangelio con un estilo sencillo y cercano, capaz de llegar al corazón de la gente más humilde. No buscaba discursos complicados ni grandes escenarios, sino el encuentro directo con las personas, especialmente con aquellas que más necesitaban esperanza. Su mensaje estaba centrado en la misericordia de Dios y en la posibilidad de una vida renovada desde la fe.
En medio de esa misión itinerante, San Francisco Coll comprendió también la importancia de la educación como camino para transformar la sociedad. Movido por esa convicción, en 1856 impulsó una obra que marcaría el futuro de muchas generaciones, la fundación de la congregación que hoy conocemos como Dominicas de la Anunciata. Aquella nueva familia religiosa nació con la misión de acompañar la formación humana y cristiana de niñas y jóvenes, ofreciendo no solo enseñanza, sino también valores, fe y dignidad en un tiempo en el que la educación no estaba al alcance de todos.
Con el paso del tiempo, el espíritu de San Francisco Coll siguió vivo en la vida de las religiosas de la Anunciata, que fueron extendiendo su labor educativa y pastoral a distintos lugares del mundo. Su presencia en escuelas y comunidades se convirtió en una manera concreta de continuar el sueño de su fundador, manteniendo vivo el carisma dominicano de la predicación y la búsqueda de la verdad a través de la educación.
En la actualidad, dentro de esta congregación, el Año Vocacional se presenta como un tiempo especial de escucha y discernimiento. Es una experiencia pensada para jóvenes que sienten la inquietud de buscar su camino y quieren descubrir si Dios les llama a la vida religiosa. Durante este tiempo, quienes participan van entrando poco a poco en la espiritualidad dominicana, compartiendo la vida comunitaria, la oración y el servicio, mientras intentan comprender en profundidad cuál es su lugar en el proyecto de Dios.
Este proceso no se entiende solo como una etapa formativa, sino como un camino interior, donde la vida cotidiana se convierte en un espacio para escuchar, reflexionar y madurar decisiones importantes. Inspirado en el carisma de San Francisco Coll, el Año Vocacional invita a mirar la vida con mayor profundidad, a abrir el corazón y a dejarse acompañar en el discernimiento.
Así, la historia que comenzó en el siglo XIX con un dominico apasionado por la predicación continúa hoy en nuevas formas de entrega y servicio. El legado de San Francisco Coll sigue vivo en cada aula, en cada comunidad y en cada joven que se atreve a preguntarse por su vocación, manteniendo encendida una llama que une pasado y presente en una misma misión de amor y de fe.









