“Apareció en el cielo una señal grandiosa:
Una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies
y en su cabeza una corona de doce estrellas” (Ap 12, 1).
Celebremos solemnemente este día en que la Virgen María fue elevada al cielo en cuerpo y alma.
Jesús, subiendo a los cielos, preparó para su Santísima Madre un lugar de inmortalidad. María, gloriosa y feliz llega a la morada celeste admirada por toda la corte celestial.
Ella es la mujer sin poder, sin títulos y sin honores; la que supo encontrar su verdadera dimensión en creer sin titubeos en la Palabra de Dios.
Decir sí a los planes de Dios, hacerse esclava de la Palabra divina, vivir el dolor de la Pasión de su propio Hijo, la humillación de la cruz y la muerte de Jesús, Este fue el camino que recorrió para llegar al día de su gloriosa Asunción. Este debe ser también nuestro camino si queremos resucitar con Cristo.
María, no siempre comprendió los planes de Dios, pero creyó y todo lo guardaba en su corazón. Por eso, en la fiesta de su Asunción la contemplamos como una gran señal: es la vestida de sol que trajo al mundo al Salvador de la humanidad.
Es la cristiana por excelencia que fue obediente a la Palabra de Dios y supo repartirla con nosotros dándonos a su propio Hijo. Por eso, sigamos su ejemplo haciéndonos siervos del Señor, llevando a la gente el aceite de la fe, la flor de la esperanza y el vino del amor.
Nunca debemos olvidar que María es el mayor regalo que recibimos de Dios después de Cristo; regalo que todavía no acabamos de comprender en toda su grandeza, preciosidad y belleza.
Pero al mismo tiempo, debemos contemplarla también en su realidad humana de mujer y madre; igual que las madres de la tierra.
Es la mujer abierta al Espíritu, por eso puede ser invocada como “Estrella de la evangelización”.
Por voluntad divina fue preservada del pecado y su cuerpo no podía experimentar la corrupción del sepulcro. Fue elevada a cielo por los ángeles en su ser total: alma y cuerpo.
Este triunfo de María anima nuestra fe y confianza en nuestro peregrinar por la vida. Con Ella celebramos nuestras victorias del amor sobre el odio, la victoria de la paz sobre la guerra, al victoria de la vida sobre la muerte.
ORACIÓN:
Gracias, María, por mostrarnos el rostro de una mujer creyente que, aunque necesitó preguntar y encontrar respuestas, siempre está abierta a la Palabra de Dios.
Madre de Dios y de la Iglesia, enséñanos a seguir tu ejemplo de disponibilidad, humildad y servicio. Ayúdanos a contemplar la Palabra de Dios y a hacerla vida en nosotros.
Estrella de la evangelización, que nuestro testimonio sea de comunión y entrega; de fe ardiente y generosa, que la alegría del Evangelio llegue hasta los confines de la tierra.
Madre Asunta al cielo, manantial de alegría, ruega por nosotros a tu Hijo. Amén
Hna. María Granda Redondo
Provincia Rosa Santaeugenia









