Mc 7, 31-38
En este pasaje, Jesús se encuentra en la región de Decápolis, una zona predominantemente pagana, y es aquí donde le presentan a un hombre sordo y tartamudo. La gente le ruega a Jesús que imponga sus manos sobre él para sanarlo. Jesús, en un gesto lleno de compasión, toma al hombre aparte, lo que muestra una atención personal e íntima. Luego, realiza gestos significativos: pone sus dedos en los oídos del hombre y toca su lengua con saliva, mirándolo al cielo y pronunciando la palabra “Effetá,” que significa “Ábrete”. Inmediatamente, el hombre recobra su audición y su habla.
Desde una perspectiva teológica, este milagro es rico en simbolismo. Los gestos de Jesús no son simplemente actos de sanación física, sino que representan una apertura espiritual. Los oídos y la boca de este hombre se abren no solo para la comunicación con los demás, sino también para escuchar la palabra de Dios y proclamar su alabanza.
Santo Tomás de Aquino, en su “Suma Teológica”, nos enseñaría que los milagros de Cristo no solo confirman su divinidad, sino que también son signos de la gracia que transforma y sana al ser humano en su totalidad: cuerpo y alma. En este contexto, la sordera y la dificultad para hablar pueden ser vistas como metáforas de la humanidad caída, incapaz de escuchar la verdad de Dios o de proclamarla. La intervención de Jesús, entonces, no solo restaura la salud física del hombre, sino que también lo habilita para participar plenamente en la vida divina, algo que Santo Tomás consideraría una manifestación de la gracia santificante.
Boecio, en su “Consolación de la Filosofía”, podría interpretarlo como una liberación de la ignorancia y el error, que son formas de ceguera y sordera espiritual. La curación del hombre es una liberación de las cadenas de la naturaleza caída, permitiéndole participar en la verdadera sabiduría y felicidad que proviene de la comunión con Dios.
Finalmente, es significativo que Jesús pida silencio sobre el milagro, aunque la gente, asombrada, no pueda contenerse y proclame las maravillas que ha hecho. Esto puede recordarnos que las obras de Dios, aunque sean discretas y humildes, tienen un poder transformador que no puede ser ocultado. Como dicen Pedro y Juan – “Nosotros no podemos callar lo que hemos visto y oído.” (Hch 4,20)
Jesús hoy, por medio de este pasaje nos invita a abrir nuestros corazones a la gracia de Dios, que no solo sana nuestras heridas físicas, sino que también nos libera de la sordera y el silencio espirituales, capacitándonos para escuchar su palabra y proclamar su amor al mundo.
Marina E. García
Área Pastoral. E.G – Argentina.









