Evangelio según San Marcos 7,1-8.14-15.21-23.
Este domingo el evangelio nos propone dos desafíos complementarios, el primero de ellos es asumir la tensión personal y comunitaria entre “lo viejo y lo nuevo” a la hora de expresar con rituales, gestos, prácticas y costumbres, los modos de conectarnos con Dios de manera que los mismos sean día a día más auténticos y comprometedores a la hora de construir el Reino; y el segundo desafío es asumir la tensión personal y comunitaria que deriva de nuestra fragilidad humana, pero sostenidos en el amor de Dios, donde las acciones –u omisiones- que realizamos ponen en juego nuestra libertad entre, elegir “hacer el bien” sabiendo que lo exterior tiene un papel importante, pero no determinante, o elegir solamente ser pasivos, receptores de las injusticias del contexto y por ende incapaces de ejercer la libertad de hijos de Dios, frente a un mundo que “nos obliga a hacer el mal”.
Vayamos a la primera idea; la frase de Jesús, contada por Marcos, que resonó entre los galileos sedientos de verdad y que nos interpela hoy es: “ninguna cosa que entra en el hombre puede hacerlo impuro, lo que lo hace impuro es lo que sale de él.” Es una frase muy potente -para hacer movilizar e interpelar a cualquiera- y particularmente a aquellos fariseos que se sentían garantes de la pureza entendida como un corolario de normas higiénicas; y a la que sin lugar a dudas puede añadírsele “otro final” en sentido positivo e igualmente cierto y es: “lo que lo hace puro a alguien –también- es lo que sale de él” (cursiva mía).
Y es que curiosamente en unos versículos anteriores (Mc 6, 53-56) a esta lección de pureza que Jesús nos regala, Él mismo, a las orillas del lago de Galilea, dejaba salir de sí una pureza divina, con la que curaba a enfermos, leprosos y desahuciados que le traían y que seguramente eran tenidos por impuros debido a su condición. Y es que Jesús siempre rompe los esquemas establecidos de “pureza e impureza” con tal de manifestar el amor de Dios a los hombres.
Visto de este modo, donde del hombre tanto “puede salir lo impuro como lo puro”, nos lleva a reconocer que es la libertad personal la que nos impulsa, a “hacer el bien”, purificarnos y purificar a los demás en esa dinámica, o en todo caso, a “hacer el mal” ensuciándonos y haciéndolo también con los otros, con la excusa ingenua de que no fue nuestra culpa, sino de aquello que nos condiciona constantemente, una sociedad que viven en el pecado.
El segundo aspecto que es importante resaltar de este texto es la tensión constante entre las pautas, costumbres y tradiciones necesarias para ser fieles a aquello que creemos e intentamos vivir; es decir, reconocer que existen aquellas más antiguas, pero asumir que tal vez se han vuelto, poco significativas en algunos aspectos, pero no por su simpleza o complejidad, o por su espectacularidad o sencillez, sino porque tal vez, ya no evocan, ya no suscitan, ya no logran en su práctica cotidiana -fiel, concienzuda y respetuosa- un compromiso y un nuevo posicionalmente vital frente a la construcción del reino, sino que se hacen “porque siempre se hizo así”, o porque “no sabemos cómo hacerlo distinto”, o porque “tal vez podría ser demasiado arriesgado o irrespetuoso intentar algo nuevo”, o “porque la reflexión sobre las cosas de Dios quedó en un estadio infantil”.
Sin cambiar un ápice de lo anterior, también es cierto que es muy importante mantener las tradiciones, las prácticas y los ritos, porque nos dan sentido de identidad y pertenencia, nos ayudan a reconocernos quiénes somos y por qué somos, pero sí y solo sí, estos nos ayudan a profundizar en la relación con Dios, con los hermanos y en el misterio de su amor, y si en estos se puede ir haciendo una relectura más profunda y resignificación que nos ayudan a conocer más a Dios. Si no son simplemente una excusa para mantenernos en nuestra zona de confort que nos vuelve presos de una fe que no busca salir al encuentro de un Dios que es siempre novedad y siempre mayor, hecho presencia en los demás.
Por otro lado, también es cierto que las nuevas generaciones, los cambios culturales y sociales, y el paso del tiempo, hacen necesario y vital agiornar aquello que nos acerca a Dios y a los hermanos, ya que no todos sienten en su interior que algunas prácticas los hagan vibrar profundamente y del mismo modo. ¡Qué difícil es mantener la esencia aun cuando las formas cambian!, ¡qué difícil es no perderse en las formas olvidándose u opacando la esencia!
Hoy conviven en nuestra iglesia varias generaciones, todas ellas sedientas del encuentro con Cristo y con los hermanos, también todos sintonizando desde experiencias de fe que tiene como aspectos centrales prácticas religiosas valiosísimas, pero que a veces puestas en simultáneo hacen sentir a unos y otros con cierta ajenidad frente a la contemplación del mismo misterio de Dios.
El modo de ayudarnos a vibrar en la misma sintonía de Dios seguramente sea reconocer e implementar aquellas prácticas que de manera más genuina y auténtica revelen el amor de Dios a los hombres en Jesús, y si es así, el estilo particular lo irá construyendo cada comunidad aun con edades, procesos de fe e historias diversas.
Por último, un apunte práctico pasado a nuestras vidas de creyentes, tenemos muchas tensiones, por ejemplo en lo celebrativo; si preparamos los espacios con una estética adecuada, si los cantos son acordes a los tiempos litúrgicos, si las lecturas sintonizan con aquello que estamos viviendo, todo esto es muy importante, importantísimo diría yo, pero claro, no debe ser solo “el ropaje hermoso de una celebración cuidada”, debemos reconocer que la esencia está en celebrar con Jesús en medio y que todo exprese la comunión de los hermanos y que en ese espacio se viva la unidad, sino es solamente “campana que resuena”.
Por eso cuando pensemos en lo puro o impuro, en lo tradicional o novedoso, el foco no puede ser la estética, la cáscara, lo exterior, sino aquello que derive justamente de un corazón que ama y que lo hace con acciones que hacen que el otro se sienta amado.
Finalmente, recordar un episodio entre nuestros dos grandes columnas de la Iglesia, Pedro y Pablo en los inicios de la misma; si ellos en sus tiempos vivieron esta tensión entre aquellos que querían acercarse al Señor desde el mundo gentil, manteniendo ciertas costumbres particulares vistas como impuras o transgresoras y aquellos que querían conservar las tradiciones judías entendidas como más puras y fidedignas al estilo del Dios de Israel, cómo hoy nosotros no sentirnos depositarios de estas constantes sanas disputas, donde lo importante es finalmente expresar nuestro amor a Dios y a los hombres desde el servicio a los hermanos y en prácticas religiosas que sean coherentes con aquello que queremos vivir, el mandamiento del amor, como el Maestro de Nazareth nos enseñó con su vida.
Juan Aliaga









