Juan 6, 24-35
El milagro de la multiplicación de los panes y los peces es una anticipación, un signo de un milagro aún mayor que Jesús realizó durante la última cena. De hecho, las acciones que realizó en el acto de multiplicar los panes son las mismas que realizó en el Cenáculo durante la institución de la Eucaristía: Jesús tomó el pan, dio gracias, lo repartió, y dijo «haced esto en memoria mía».
Este memorial está, pues, estrechamente vinculado a este fragmento del Evangelio de Juan, que nos cuenta lo que sucedió al día siguiente de la multiplicación de los panes. La multitud permaneció en el lugar del milagro, mientras Jesús y sus discípulos cruzaban a la otra orilla del lago. Al darse cuenta de que Jesús había desaparecido, la multitud fue a buscarlo y les adelantaron. La multitud casi parece reprochar a Jesús que les haya abandonado sin avisarle, pero Jesús aprovecha la ocasión para enseñarles lo que es la verdadera comida.
«Os aseguro que no me buscáis porque hayáis visto señales, sino porque comisteis de este pan y os saciasteis».
«Trabajad, no por el alimento que se marchita, sino por el alimento que perdura hasta la vida eterna, el que dará el Hijo del hombre, a quien Dios Padre ha sellado con su mano».
Para Jesús, mucho más importante que el alimento material es el alimento que viene del cielo y que los
cristianos deben buscar. Aunque la comparación no siempre es acertada. A menudo tenemos la experiencia concreta de que las cosas materiales no pueden saciar totalmente la sed, el deseo de algo más grande que tenemos en el corazón. Hemos sido creados por Dios, y sólo en Él podemos encontrar reposo, como decía tan acertadamente san Agustín: «Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón esta inquieto hastá que descanse en ti».
Al alimentar a sus discípulos, Jesús les asegura que Él es el único que puede saciar el hambre y la sed de sus almas. La Palabra de Dios, a la que tenemos acceso, y la Eucaristía, que recordamos en cada ocasión, son las dos mejores maneras de alimentar nuestras almas.
Todos somos interpelados. Empapémonos y acerquémonos a la mesa donde Jesús nos sirve el verdadero pan, el verdadero alimento para vivir su vida y compartir su herencia. Sólo así, al igual que Jesús alimentó a la multitud hambrienta, también nosotros seremos capaces de dar de comer y beber a los demás el alimento espiritual, constituido por la Palabra y la Eucaristía.
Señor, haz que cada vez que asistamos a la Santa Misa lo hagamos con mayor fe, fervor y recogimiento.
Hna. Clémentine AMAFOU









