Los discípulos de Jesús estaban llenos de admiración por Él, y con esto demostraban que no lo conocían bien todavía. Pues se admira a un campeón, a un líder o a un santo. Pero la noche en que Jesús se encaró con el temporal, lo vieron de repente como Aquel a quien obedece la naturaleza. En adelante Jesús seguiría siendo su Maestro y su amigo, pero ya había entrado la duda en su mente: “¿Quién será éste?” ¿A quién se habían entregado y hasta dónde los llevaría? Y se asustaron.
Los apóstoles eran hombres creyentes, y honraban a Dios, como lo hacemos nosotros, manteniéndolo a cierta distancia. Pero no estaban listos para ver a Dios entrar en su vida diaria y ser testigo de sus pequeñeces. ¿Cómo iban a tratar con sencillez a Aquel que nos conoce y que puede exigirnos todo? Tuvieron miedo al sentirse abandonados en el temporal, pero el temor fue más grande al descubrir a Dios tan cerca de ellos.
Con esto comprendemos por qué Jesús hacía callar a los demonios cuando lo proclamaban Hijo de Dios. Es que quería darse a conocer paso a paso: ¿de qué nos sirve saber que Jesús es el Hijo de Dios si no nos hemos acostumbrado a vivir en presencia de Dios? Jesús debía enseñarles primero a ser auténticos consigo mismos y ante el Padre, y entonces no tendrían miedo al sentirlo tan cercano.
Cuando uno está bien metido en las luchas diarias, fácilmente se pierde calculando todas las fuerzas favorables y adversas, y olvida que no ocurre nada sin que Dios lo permita. Bien pronto se preocupa de lo que cada uno pensará de sus actos, y se olvida de vivir bajo la mirada de Dios. Ésta es la razón por la cual nos desanimamos y tenemos miedo frente a cualquier dificultad: porque nos sentimos solos. Pero Jesús vino a enseñarnos la convivencia con Dios.
Esta travesía del mar es la figura de lo que a todos nos ocurrirá en el seguimiento de Jesús. No nos ofrece una vida tranquila, sino que, tarde o temprano, deberemos arriesgarnos y emprender cosas nuevas para nosotros. Y vendrá el temporal precisamente cuando Jesús duerma, o sea cuando parezca que nos deja solos. Esta crisis, sin embargo, es la condición necesaria para llegar a la otra orilla, es decir, a una fe más firme y clara.
Hna. Dorita Lázaro










