Jesús nos sorprende con su creatividad. Este domingo el Evangelio nos hace una llamada a no buscar resultados rápidos en todo lo que hacemos y vivimos. En esta era tecnológica que nos toca vivir nos impulsa aún más a ello, pues todo lo tenemos a golpe de clic. Todo lo queremos ¡ya!, cuesta dominar la impaciencia y el Evangelio de hoy nos habla de espera. La semilla cae y tiene un proceso al que hay que darle tiempo, sino la planta no prende, no nace, no echa raíces, ni crece, ni…
Jesús nos pone el ejemplo del grano de mostaza y aunque parezca obvio no olvidemos lo que nos dice: “el Reino de los cielos se parece a un hombre que echa semilla en la tierra…” podemos preguntarnos ¿Qué semillas tengo para plantar? ¿Las siembro? En ocasiones podemos querer tener frutos de semillas no plantadas.
El reino de Dios es una realidad lenta pero real que, como en las plantas, nuestro ojo no puede verlo ni nuestro oído percibirlo en el instante en que se está produciendo. Solamente con comprobaciones distanciadas en el tiempo podemos verificar su crecimiento.
El mensaje de este domingo, nos habla de optimismo esperanzado aunque justifiquemos sobrados motivos para la preocupación y casi desesperanzada, pero es Dios quien da el crecimiento a la siembra. No olvidemos que el reino de Dios llega gracias a Cristo y su espíritu.
El Dios del Evangelio da valor a las cosas pequeñas, a la suave sonrisa, al grano de mostaza, a los gestos sencillos pero auténticos, como la minúscula simiente del reino de Dios que no da importancia a lo deslumbrante y avasallador.
Me gusta pensar que la semilla cuando germina y se hace árbol como nos dice hoy el profeta Ezequiel en la primera lectura: “Aves de todas clases anidarán en él, anidarán al abrigo de sus ramas.” En el árbol de Santo Domingo, somos como dice el P. Coll una rama frondosa, ojalá todas podemos sentirnos cobijadas en ese gran árbol.
Nos vamos acercando ya al final de curso, te pedimos Señor, Jesús, que hagas fructificar todo lo que en tu nombre hemos ido sembrando en el día a día, en el corazón de las personas con las que trabajamos y vivimos.
Haz, Señor Jesús, que no seamos predicadoras de las propias palabras, sino de tu Palabra, que es fuente de vida y salvación para todos.
Gracias, Señor, por los frutos que crecen sin que apenas les veamos. Ayúdanos a cuidar de ellos en tu nombre.
Hna. Esther Peña Peña









