En este XX Domingo del Tiempo Ordinario ciclo B, los textos nos sumergen en una profunda reflexión sobre lo que significa para nosotros hoy “VIVIR TU VIDA PLENAMENTE”. De hecho, nuestro mundo nos lleva a creer que nuestra felicidad y plenitud se encuentran en lo que tenemos y no en lo que somos. Los textos de hoy nos ayudan a redescubrir la verdadera fuente de nuestro desarrollo como cristianos.
En la primera lectura extraída del libro de Proverbios (9,1-6), el Señor nos hace comprender que es Él quien toma la iniciativa en todo. Él es quien viene a nuestro encuentro y nos invita a unirnos a él en su mesa para compartir con él todos sus bienes. El encuentro personal con él nos transforma y nos abre a un nuevo dinamismo donde sólo el amor nos mueve.
El Salmo (33, 2-3, 10-11, 12-13, 14-15) nos recuerda que quien ha tenido este encuentro personal con Dios se adhiere libremente al proyecto de Dios en nuestra vida. Nuestra vida, por tanto, se convierte en un canto de acción de gracias a nuestro Dios. Se convierte así en instrumento del amor de Dios hacia sus hermanos. A través de nuestra vida invitamos a nuestros hermanos y hermanas a reconocer la grandeza de Dios, a alabarlo, a glorificarlo y finalmente a prepararnos para hacer su voluntad.
En la segunda lectura extraída de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (5, 15-20), san Pablo nos recuerda que la vida de quien ha tenido un encuentro personal con Cristo ya no puede ser la misma. Este encuentro cambia todas nuestras prioridades y hace que la voluntad de Dios sea nuestra única prioridad. Porque somos una nueva persona llena del Espíritu Santo que renueva nuestra inteligencia y nos da los sentimientos mismos de Cristo. Nuestra vida, por tanto, se convierte en un canto de alabanza a nuestro Dios.
El evangelio tomado de Juan (6, 51-58) es la respuesta a la inquietud planteada al inicio de nuestra reflexión: ¿es posible hoy vivir la vida en plenitud? ¿Cómo podemos conducirla, hacia dónde debe poder llegar para estar en plenitud? Tenemos que ser realistas, no es nada fácil pero es posible. Sólo tenemos que aprender a dejarnos guiar por el Espíritu Santo. Para ello comprenderemos rápidamente que no nos basta con nutrirnos del exterior para guiar nuestras percepciones, nuestras expectativas. Nuestra vida debe ser, desde dentro, conducida, guiada, contenida, sostenida, animada, recogida, vuelta hacia su Autor. Esto es lo que el Señor logra al venir a habitar en nosotros, él es ese guía que nos ayuda a avanzar hacia nuestra finalidad, abraza nuestro ser en todas sus dimensiones, los consuela, los orienta. Se convierte en alimento en nosotros, su dinamismo nos habita, tanto en el cuerpo material como en nuestra intimidad. Jesús nos ofrece una progresión, dio fuerza al cuerpo material en el desierto multiplicando los panes y los peces, ofrece a cada persona recibir esta fuerza en sí mismo, comiendo su carne, bebiendo su sangre todos los días a través de la Eucaristía. Nos dice que este vigor es el que él mismo recibe del Padre.
Este camino lo heredamos del mismo Cristo, de su existencia vivida… Demos gracias por este don que nos hace… Dejémosle guiar nuestra vida hoy… Acudamos a él, ofrezcámonos a su dinamismo. Al realizar este acto, nacemos al acto mismo del Hijo… nos volvemos como Él… convirtiéndonos en Él al Padre, entrando así en la vida eterna.
Hna. Marlyse YONKEU









