Después de haber celebrado y sentido en nuestras vidas la presencia del Espíritu Santo, en este domingo X del tiempo ordinario, las lecturas siguen recordándonos la necesidad que todo seguidor de Jesús, tiene de valorar y contar siempre con la presencia del Espíritu Santo. Sin Él, nada podríamos hacer.
La primera lectura del Génesis nos invita a reflexionar sobre la condición humana en su relación con Dios. La suerte del ser humano no es fruto de una maldición o de un destino del que son esclavos. La Biblia no es pesimista ni determinista. Para la fe judía, Dios crea al ser humano libre y dueño de sus actos.
El pecado es una consecuencia de la posibilidad de decirle no a Dios; el hombre quiere hacer su vida sin Dios o incluso frente a él. Pecado de soberbia que se traduce en desobediencia. Solo Dios puede garantizarnos lo mejor y debemos tenerlo en cuenta, acogerlo, obedecerle, buscarlo siempre.
En la segunda lectura el apóstol Pablo nos invita a examinarnos si vivimos en la fe. Nos plantea un tema escatológico de verdadera transcendencia,
siente que su vida como persona y como apóstol se gasta poco a poco, haciendo vida la experiencia personal con Jesucristo, con su muerte y su resurrección.
No se puede vivir sino muriendo, de la misma manera que Cristo no ha podido resucitar o “ser resucitado”, sino pasando por la debilidad de la muerte.
En el evangelio, Marcos nos demuestra cómo veían a Jesús sus contemporáneos. Escuchamos diferentes opiniones sobre quién es Jesús. ¿Es acaso un loco, como cree su familia? ¿Es un poseído, como afirman sus enemigos llegados de Jerusalén? ¿Es quien trae el Reino de Dios movido por el Espíritu, como insinúa Jesús de sí mismo?
Los reproches demuestran la falta de comprensión de quienes le rodean. Y es que el evangelio de Marcos está muy interesado en explicar las diferentes reacciones que suscitaba Jesús, tal y como leemos en Mc 3, 20-35 Jesús fue un incomprendido.2
Jesús rechaza las pretensiones de sus parientes de sangre y señala una nueva familia que se constituye en torno a él, es decir, a los discípulos que estaban reunidos en la casa. A pesar de la incomprensión de sus familiares más cercanos y de las duras acusaciones de los representantes religiosos, el movimiento de Jesús sigue creciendo, sumando a quienes ponen en el centro de sus vidas la obediencia a la voluntad de Dios.
Dios plantea a toda persona desde el origen mismo del Génesis, que el rechazo voluntario y consciente de la voluntad de Dios es imperdonable, ¿Diremos entonces a Dios: “¿Hágase tu voluntad,” o le diremos “hágase mi voluntad”?
¿Estamos dispuestos a vivir bajo la acción del Espíritu de Dios, que no es otro que el Espíritu que guio a Jesús? ¿O preferiremos vivir de espaldas a Él y entender la vida desde la soberbia y el egoísmo?
¿Qué valores guían nuestro vivir?
Libranos Señor, de nuestros miedos, de nuestras rutinas y mecanismos de defensa, para que no cerremos nuestro corazón a la acción del Espíritu y estemos siempre dispuestos a escucharte, para que tu gracia sea nuestra fortaleza y tu ternura nuestra esperanza.
Hna. Mª de la Ide Villalón









